y bien, senté a mi hijo sobre mis rodillas
para contarle como cada noche un cuento,
mas de repente recordé unos tristes niños
que hoy no sabrán de historias ni canciones viejas.
niños como flores de tormenta
que envejecen al nacer,
verdes brotes de otras tierras
que como el mío quieren crecer.
y bien, no pude decir más de hadas ni duendes,
lo alcé a mi lado y sobre mi mano abierta
le mostré los largos caminos de este mundo
por donde habrá de andar con paso firme de hombre.
le hablé del acero que ahora crece
entre almendros de furor,
de los tiempos, de la sangre,
de la simiente de un nuevo amor.
y bien, desde los dulces ojos de mi niño
surgió un fulgor de comprensión y fe despierta:
por el coraje que en su pecho habrá que alzarse
la humanidad un día sonreirá feliz.

Omara Portuondo
Cuento para un niño

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